La investigación ontoepistémica parte de
una inquietud tan antigua como radical: ¿cómo se entrelazan el ser y el
conocer? Esta pregunta, lejos de ser meramente abstracta, se ha convertido
en el corazón de múltiples debates actuales que cruzan fronteras entre
disciplinas, culturas y saberes. Hoy más que nunca, la necesidad de enfoques
interdisciplinarios se impone como respuesta a la complejidad de los fenómenos
que investigamos y a la imposibilidad de reducirlos a una única mirada.
En esta entrada propongo explorar por qué
la investigación ontoepistémica requiere una sensibilidad interdisciplinaria,
cómo se configuran esos cruces teóricos y metodológicos, y qué horizontes
éticos y prácticos abren para las ciencias sociales y humanas.
*¿Qué es lo ontoepistémico? Una clave
situada para comprender el conocimiento
La categoría “ontoepistémica” articula dos
dimensiones fundamentales: la ontología (lo que es, lo que existe) y la
epistemología (cómo conocemos eso que existe). “Esta integración reconoce
que todo acto de conocer está enraizado en una determinada concepción del ser,
y que todo modelo del mundo explícito o implícito estructura nuestras prácticas
cognitivas” (Walsh, 2005).
Por ejemplo, una investigación que concibe
al sujeto como racional-autónomo no construye conocimiento de la misma manera
que otra que parte de una noción relacional y situada del ser humano. La opción
ontológica condiciona la forma en que se conciben los objetos de estudio, los
métodos empleados y la finalidad misma del conocimiento.
*La necesidad de lo interdisciplinario:
más que sumar perspectivas
La investigación ontoepistémica desafía la
fragmentación disciplinar. Su objeto no se ajusta a marcos cerrados ni admite
reduccionismos. Comprender cómo se relacionan el ser y el saber exige integrar
marcos filosóficos, metodológicos, culturales y hasta espirituales.
Aquí, lo interdisciplinario no implica una
suma de saberes, sino una interpenetración crítica entre ellos.
Sociología, antropología, pedagogía, filosofía, neurociencias, estudios
culturales, pueden dialogar no solo para complejizar los fenómenos, sino
también para cuestionar los límites de sus propias categorías.
*Ontoepistemologías situadas: ética del
saber cómo ética del vínculo
Uno de los aportes más significativos de los enfoques interdisciplinarios en clave ontoepistémica es el reconocimiento de que todo acto de conocer está atravesado por una dimensión ética ineludible. Conocer no es simplemente acumular datos, descifrar estructuras o explicar fenómenos desde una supuesta objetividad neutral; es, ante todo, establecer un vínculo con aquello que se estudia y con quienes se ven afectados por esa investigación. La ontoepistemología esa intersección entre el ser y el saber nos recuerda que los modos en que conocemos están profundamente enraizados en cómo somos y cómo habitamos el mundo. Así, investigar se convierte en un acto relacional, situado y afectivo: implica vincularnos, afectar y dejarnos afectar.
Desde esta perspectiva, la ética del
conocimiento deja de ser una serie de normas externas o protocolos formales, y
pasa a ser una práctica encarnada, situada en contextos culturales, históricos
y políticos concretos. No se trata solo de proteger “sujetos” o “objetos” de
estudio, sino de reconocer que estamos implicados en una red de relaciones en
las que el conocer transforma tanto al investigador como a la realidad
investigada. La ontoepistemología nos invita entonces a una ética del vínculo:
una forma de saber que se ejerce desde la responsabilidad, la apertura y el
cuidado.
Esta ética se potencia particularmente en contextos como América Latina, donde las luchas por la tierra, la identidad, la memoria y la justicia han demostrado que el conocimiento no puede separarse de los territorios, las cosmovisiones y las historias que lo sustentan. Autoras como Catherine Walsh han defendido la idea de que el pensamiento crítico debe surgir desde las grietas de la colonialidad del saber, proponiendo una matriz (de)colonial que interpele los paradigmas eurocéntricos y acoja saberes nacidos de la resistencia. Para Walsh, pensar de manera ontoepistémica desde el Sur Global implica revalorizar otras formas de ser y conocer, que han sido históricamente desplazadas, silenciadas o exotizadas.
Por su parte, Silvia Rivera Cusicanqui, desde su experiencia aymara y su crítica a los discursos académicos descolonizadores desanclados de la práctica, ha insistido en la necesidad de una “teoría enraizada” en las experiencias vivas de los pueblos. Su pensamiento “no busca una síntesis forzada, sino una convivencia conflictiva y creativa de saberes distintos, resuena profundamente con una ética del conocimiento que no elimina la diferencia, sino que la reconoce y la hospeda”. En esta clave, la ontoepistemología no es solo un marco teórico, sino una invitación a generar un conocimiento vital, encarnado y situado.
La propuesta de Donna Haraway sobre los “saberes situados” complementa este horizonte. Haraway propone una ciencia que renuncie a la ilusión de la vista desde “ninguna parte” y se reconozca parcial, comprometida, situada en cuerpos, tiempos y lugares concretos. Para ella, la capacidad de responder por lo que sabemos y cómo lo sabemos se convierte en una dimensión central de una ética del saber. Investigar, desde esta óptica, es hacerse cargo de la propia mirada y de las consecuencias que esta genera. Es comprender que cada decisión metodológica, cada pregunta de investigación, cada marco teórico elegido, construye realidades y relaciones.
Así, las ontoepistemologías situadas nos
desafían a romper con la neutralidad ficticia del investigador espectador, y
nos convocan a pensar desde el entrelazamiento: entre disciplinas, entre
saberes, entre cuerpos, entre mundos. En este cruce fértil emergen prácticas
metodológicas más sensibles, abiertas a lo narrativo, lo visual, lo corporal y
lo colaborativo. Se habilita un espacio para mapas conceptuales que abracen la
complejidad, para relatos autoetnográficos que den cuenta del lugar del sujeto
que investiga, para talleres donde la conversación sustituya al monólogo
académico. No se trata solo de producir conocimiento sobre el mundo, sino de
generar conocimiento con el mundo y desde él.
En última instancia, una ética del saber
como ética del vínculo nos recuerda que conocer puede ser un acto de cuidado.
Un modo de aproximarnos a lo otro ya sea un territorio, una memoria, una
teoría, una comunidad— con sensibilidad, con escucha, y con el deseo de
construir mundos más habitables. Porque toda ontoepistemología situada implica
no solo comprender lo que somos y lo que sabemos, sino también preguntarnos:
¿desde dónde conocemos, con quiénes lo hacemos y para qué mundos posibles?
*Hacia una cartografía creativa:
herramientas metodológicas que cruzan fronteras
La investigación ontoepistémica, al
situarse en la confluencia entre el ser y el conocer, reclama instrumentos que
estén a la altura de su complejidad relacional. Ya no basta con aplicar
metodologías rígidas o modelos cerrados: se necesita una cartografía creativa,
capaz de adaptarse a contextos situados, dialogar con diversos lenguajes y,
sobre todo, acompañar el despliegue del sentido sin apresarlo. En este
horizonte, emergen herramientas flexibles que entrelazan lo cualitativo, lo
visual, lo narrativo y lo participativo, permitiendo que el conocimiento se
exprese en múltiples registros y niveles.
Los mapas conceptuales multidimensionales
facilitan la representación simultánea de relaciones ontológicas,
epistemológicas y éticas. No son meros esquemas jerárquicos, sino espacios
cartográficos donde conceptos, afectos y trayectorias de sentido se entrelazan,
abriendo rutas para pensar en movimiento. Por su parte, las matrices
ontoepistémicas comparativas permiten contrastar las formas en que distintas
tradiciones comprenden el vínculo entre el ser y el saber, generando espacios
fértiles para la reflexión crítica y la integración transdisciplinaria.
Los diálogos interdiscursivos y talleres
colaborativos se convierten en instancias de encuentro
donde lo metodológico se transforma en vínculo. Son momentos donde se hace
posible la construcción de sentidos, donde la voz del otro, ya sea académico,
comunitario o experiencial, no es añadida como dato, sino reconocida como
fuente legítima de saber. En esta misma línea, la investigación narrativa y
autoetnográfica permite que el propio investigador/a se inscriba en la trama de
lo que estudia, reconociendo que su mirada también está situada, afectada y en
constante transformación.
Por último, los modelos visuales
ofrecen un puente entre lo abstracto y lo vivencial. Diagramas, infografías,
líneas de tiempo simbólicas o constelaciones de conceptos pueden traducir
complejidades teóricas en formas sensibles, facilitando la accesibilidad, la
apertura y el diálogo con públicos diversos. Estas herramientas no buscan
simplificar la complejidad, sino acompañarla de modo atento y respetuoso.
En conjunto, estas metodologías no imponen un sentido único ni buscan cerrar el proceso investigador, sino que lo habitan como una travesía. Se trata de diseñar rutas que no clausuren el sentido, sino que lo acompañen en su despliegue, con apertura, cuidado y creatividad. Desde esta perspectiva, investigar no es solo llegar a un destino, sino aprender a caminar de nuevas maneras.
*Para concluir: Una ciencia que se deja
afectar, es aquella que reconoce su vulnerabilidad como
fortaleza epistemológica. No busca imponer verdades universales, sino cultivar
preguntas que emerjan del diálogo con contextos, cuerpos y territorios
específicos. Desde esta sensibilidad, el conocimiento deja de ser una
herramienta de control para convertirse en un puente hacia lo diverso y lo
posible. Esta apertura redefine la figura del investigador como alguien que aprende, construye, transforma y se posiciona en el proceso. Así, la
neutralidad cede paso al compromiso ético y situado.
Dra. Yacira María Granadillo B
Referencias Bibliográfica
Donna Haraway, D. (1988). Situated knowledges: The science question in feminism and the privilege of partial perspective. Feminist Studies, 14(3), 575–599.
Silvia Rivera Cusicanqui, S. (2010). Ch’ixinakax utxiwa: Una reflexión sobre prácticas y discursos descolonizadores. Tinta Limón
Catherine Walsh, C. (2005). Pensamiento crítico y matriz (de)colonial: Alternativas en la construcción del pensamiento y saberes otros. Universidad Andina Simón Bolívar / Ediciones Abya Yala.


